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Indigenismo peruano en el istmo

“La generación de artistas cuzqueños siguiendo la ruta trazada por los vernáculos mexicanos, ahonda el alma de la raza y vuelca en la paleta la aguda coloración de la sierra y sus escenas eglógicas y humorísticas. Porque hay un dejo innegable de humor, en el discurrir de la vida andina, en la que cholos e indios se fizgan soslayadamente” (Luis Alberto Sánchez, Revista Mundial Nro. 369, Año VIII, 8 de julio de 1927).

El sábado 2 de julio de 1927, en el Casino Español de Lima, tuvo lugar la muestra de los artistas Camilo Blas, Manuel Pantigoso y Francisco Olazo. Cajamarquino el primero, cuzqueños los segundos. La exhibición fue un éxito porque contribuyó a la divulgación de la corriente indigenista con la que, en el arte del óleo, se identificaron estos tres autores. El estudioso, futuro catedrático y luchador social, Luis Alberto Sánchez, preparó un reportaje en su calidad de periodista de la revista “Mundial” en donde, al tiempo de destacar su condición de autodidactas y autoctonistas, afirmó que “Pantigoso y Olazo han deslumbrado a las retinas con su colorido violento [...] se marcharán pronto a Europa en donde adquirirán la maestría que les falta y sus ojos avizores de contrastes violentos y de incendios célicos, se habituarán al matiz que, por cierto, no falta, sino abunda en la naturaleza serrana”.

De otro lado, sobre Blas (cuyo nombre real era Alfonso Sánchez Urteaga) señaló que “sus cuadros describen minuciosamente a sus personajes y a sus objetos, deleitándose en caracterizar netamente a cada uno, en una conmovedora ingenuidad primitiva. No hay personaje que no haya sido objeto de una observación atenta y de un análisis implacable, para arrancarle cuanto tenga de ingenuo y de ridículo”. Para Luis Alberto Sánchez, Blas es también un artista muralista -por las dimensiones de sus creaciones- que siguió los dictados del célebre José Sabogal, “el máximo exponente del indigenismo pictórico en el Perú” (De los Ríos, 2017). El indigenismo fue una corriente política y antropológica de la segunda década del siglo XX que buscó la reivindicación del poblador originario peruano dentro de su propio espacio cultural y social, cuestionando y rechazando la discriminación que este sufría por efecto de una constante exposición frente a lo extranjero, en especial lo europeo.

La crítica de la época señaló que el muralismo de Blas, quizás de influencia mexicana, “rompía la perspectiva adrede en ‘Chicha y sapo’, en ‘El hogar’ o en ‘Cruz Velacuy’ (Revista Mundial Nro. 369, julio 1927) y en él se distinguían dos períodos, el de aquél de parajes arequipeños y luminosos lugares cuzqueños, y el de las tardes de paisajes opacos cubiertos “por una niebla de cansancio y frío que difumina el momento, avejenta a los personajes y nos llena de una indefinible sensación de soledad” (Sánchez, 1927). Característica que despertó el interés del, más tarde afamado, fotógrafo Martín Chambi quien le hizo un retrato en 1926 en su taller fotográfico de la Calle del Marqués en la ‘ciudad imperial’ como también era llamada la urbe de Cuzco. Hoy, un testimonio gráfico de enorme relevancia al ser una pieza única.

Finalizada la muestra, la Revista Mundial comentó “la crítica toda ha tenido para la exhibición las más merecidas alabanzas. Y los numerosos visitantes están en todo de acuerdo con la crítica [...] El espíritu de Blas se ha cultivado bajo los cuidados de Sabogal. Y maestro y discípulo coinciden en la tendencia de entregarse por entero a nuestro arte vernáculo [...] pero Blas observa con traviesa desenvoltura lo que hay de festivo, de inconsciente, de ingenuo en el conjunto de agrupaciones humanas” (revista nro. 370 del 15 de julio de 1927). Para Aramburú, autor de la nota, el cuadro ‘Procesión del Poblado’ fue la tela que mejor reveló el temperamento de Blas por la forma cómo están reunidos los diversos personajes.

Poco tiempo después, vía el Canal de Panamá, Pantigoso y Olazo navegaron en el “Urubamba” hacia La Havre. En los pocos días que pasaron en el istmo recibieron el apoyo de Guillermo Rosenthal, encargado de negocios del Perú en Panamá, quien organizó una breve muestra utilizando las obras y bocetos que los artistas llevaban consigo para juicio de sus maestros galos. El propósito de Rosenthal fue claro, le interesaba la divulgación, no la venta. Fue una exhibición privada que contó con la presencia del entonces canciller Ricardo J. Alfaro quien veía un hervor de cambio en su propio país respecto al papel histórico de las poblaciones originarias. Faltan aún seis años para la aparición del libro de Octavio Méndez Pereira, “Núñez de Balboa o el tesoro de Dabaibe”, publicada en 1934, que respondió al movimiento indigenista panameño de ese momento (Roquebert, 2022). Fue el inicio de la exaltación al hombre indígena panameño precolombino, semilla de la cultura rural mestiza panameña, postulado con el que se llegó al primer Congreso Indigenista de Panamá realizado en abril de 1956.

* El autor es exembajador del Perú en Panamá
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