Se efectuan gestiones para salir de la lista de países que no combaten la pesca ilegal y que Panamá pueda seguir exportando mariscos a la UE
La producción es el escenario de intercambios entre los diferentes sectores de una sociedad. Trabajo, mercancía y mercado son componentes de ese proceso en etapas, una transformación de materias primas que concluye con una actividad fundamental: el comercio en el cual surgen otros actores y factores como el precio y todos sus derivados que habrán de consolidar una economía local, regional, nacional e internacional.
El ejercicio de este intercambio de acciones sociales ha tenido diferentes perfiles en la evolución de la humanidad, que van desde el esclavismo, el feudalismo, el industrialismo, que abrió otro esquema de interacción cuando se interpone la explotación, en que predomina la fuerza o poder que tienen algunos de los que intervienen en la generación de riquezas y de lo que ahora se denomina ‘commodities’ o productos básicos.
¿Tiene cada uno de los agentes una conciencia de su papel en el desarrollo de estos procesos y de la realidad económica que le sirve de contexto? En el caso panameño, cada dos años ocurre un fenómeno que debía ser una constante de la productividad, pero que aún a estas alturas del siglo XXI, no deja de generar inquietudes y desasosiego por la falta de acuerdos. Se trata de las discusiones para decidir sobre el salario mínimo que habrá de regir en el país.
La norma plantea que los empleadores y los gremios sindicales deben llegar a un arreglo en los emolumentos para la base de la escala salarial que se pagará a los empleados del sector privado. Casi por tradición, estas dos colectividades no han logrado coincidir en la suma y corresponde al Estado el rumbo que ha de seguir el mencionado salario mínimo en los diferentes territorios y provincias.
Mientras los protagonistas de la tragicomedia exponen sus alegatos, ocurre un fenómeno silencioso, escurridizo por las tiendas, negocios y supermercados. Ciertas manos aviesas se dan a la tarea de cambiar los precios al alza y modifican las etiquetas, de tal manera que cuando ocurra ese aumento indefectible que siempre tiene que ser tasado entre un 10 y 15 %, ya los envases en los centros de expendio tienen los nuevos costos.
Uno entra a las tiendas y supermercados y nota inmediatamente, que las bolsas de té, que el ceviche, el café y la leche, así como un conjunto de productos, han sufrido un cambio y ahora hay un nuevo canon. Todo esto significa que los empresarios han cargado a los compradores, incluso antes de la propia modificación salarial, tal incremento. Entonces, en esta plaza de la compraventa no existe un sacrificio de quienes están del lado de las ofertas.
El mercado es tan desigual que permite estas prácticas. El público debe saber que cada vez que se instalan estas negociaciones sobre el salario mínimo, cambiarán las reglas y que habrá un impacto en la demanda, es decir, en los compradores, son ellos quienes terminan por asumir los incrementos con los diez o veinticinco centavos, que deberán pagar por cada uno de los abarrotes adquiridos para el consumo doméstico.
Es una especie de lógica del capitalismo. Los teóricos opinan que “... En un sistema orientado hacia el mercado, el precio de un producto es determinado por la oferta y la demanda. Básicamente, se logra un equilibrio entre lo que un sector está preparado para abastecer a un precio dado y lo que la otra parte desea comprar.” Esto suena muy racional, pero en la práctica no es así, porque no existe tal equidad entre los componentes.
Aunque los textos especializados digan que “el precio de mercado aumentará o disminuirá hasta cuando las cantidades ofrecidas y demandadas sean iguales...”, resulta una especie de utopía por la forma de urdir de determinados agentes. Aquí es donde deben actuar las autoridades para evitar tal despropósito y que la canasta no vuele de las manos de los consumidores.