• 29/11/2012 01:00

A Raquel, mi maestra

Y o tuve la suerte de tener buenos maestros. A los cinco años ya estaba en primer grado. Me aceptaron como ‘oyente’, en la clase de mi m...

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Y o tuve la suerte de tener buenos maestros. A los cinco años ya estaba en primer grado. Me aceptaron como ‘oyente’, en la clase de mi madrina Eugenia Muñoz en la Escuela República de Chile, y como cumplí con las notas, pasé al siguiente grado.

En casa tuve un maestro excepcional, mi padre Julio Rogelio Alonso Gómez (q.e.p.d.), un hombre autodidacta que apenas había completado la educación primaria, quien supo transmitirme el interés por el uso del diccionario. Ante cualquier pregunta mía sobre el significado de una palabra, por muy sencilla que fuera, don Julio respondía invariablemente... ‘búscalo en el diccionario’.

Así, cuando cursaba el tercer grado, ya era un estudiante destacado en clases de Español y ganaba excelentes notas en dictado, redacción y en un original e inolvidable juego que nos hacía la maestra Alborada Bosch, que consistía en crear nuevas palabras con las mismas letras de una palabra que ella escogía de antemano.

En quinto grado, con la maestra María de Colindres y en sexto con Petra de Gómez, ya era el oficial maestro de ceremonias en los pequeños actos culturales del colegio y cantaba en el coro que dirigía la maestra Sara.

Al llegar a la escuela secundaria, en el Primer Ciclo Panamá, tuve la inmensa dicha de tener como profesora de Español a una mujer excepcional, quien supo despertar en mí la pasión por las letras y las artes. Era de carácter fuerte, casi intimidante. Cuando hablaba había que escucharla, en parte por temor a una reprimenda si notaba que uno estaba distraído, pero también porque tenía una capacidad formidable para darse a entender.

A mediados de los años setenta, ya era una mujer hecha y derecha. Provenía de la provincia del Darién, y su piel oscura enmarcaba un rostro sereno y adusto. Su vestir con ropa sencilla, pero siempre formal y elegante, reflejaba que el estudio y la vocación magisterial habían definido su vida.

Fue ella, Raquel Girón de Blanco, quien me propuso integrar el club de teatro de la escuela. Me estimuló a crear pequeñas obras y a ponerlas en escena. Me enseñó ejercicios para mejorar mi dicción y técnicas de retentiva. Me explicaba con ejemplos corporales y ejercicios de respiración, la forma para administrar el aire y el adecuado uso de los tonos.

Formidable mujer. Siempre tuvo tiempo para aclarar mis dudas y fue benévola en el aplauso hacia mí cuando, según ella, tenía una interpretación magistral, en alguna obra teatral. Cuando pasé al segundo ciclo en el glorioso Instituto Nacional, saber que me alejaba de ella me causaba un profundo malestar que, afortunadamente, fue superado cuando conocí a otros profesores de Español como Elvira de Torres, Dalila Samaniego y Rebeca Reyes de Ardines.

Pero nunca me alejé de Raquel. Siempre ha sido mi maestra. El lazo que forjamos en la época escolar se ha mantenido inalterable con el correr de los años. Cuando ella organizaba actividades para construir un nuevo barco que pudiera llevar a los pasajeros a su pueblo natal Jaqué, yo era el maestro de ceremonias que animaba los eventos. Por ella aprendí a querer a Darién, la provincia olvidada.

Cuando se jubiló en 1987 siendo directora del Primer Ciclo de Santa Librada, comprendí para mis adentros que la nación perdía a una educadora de íntegra estirpe, de esas que ya casi no se ven, de aquellas que viven la vocación magisterial con alegría, con devoción y entusiasmo. De aquellas a quienes no les cansa explicar hasta la saciedad los elementos necesarios para que su alumno comprenda perfectamente lo que se le enseña.

Ella no sólo me enseñó... me inspiró.

Definió mi camino por el periodismo, profesión que he ejercido durante los últimos treinta y cinco años. Creyó en mí, como después lo hicieron otros grandes maestros como Eduardo Lim Yueng Quijano, Gonzalo Tuñón, Indalecio Rodríguez, Juan Carlos ‘Johnny’ Duque y Rafael Núñez Zarzavilla, todos ya fallecidos. Y otros que aún viven como Milciades Ortíz, René Hernández, José ‘Checo’ González, Edgardo López Grimaldo, Juan Carlos Tapia y Demetrio Romero Wong, por mencionar solo algunos.

¡ Qué buena maestra ha sido! Que Dios la bendiga y derrame sobre ella todo el poder de su bondad. Lo pido por mí, y por todos los miles de estudiantes panameños que fuimos los alumnos de esta darienita indómita: Raquel Girón de Blanco.

PERIODISTA.

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