La jefa de gabinete del MEF defiende la urgencia del proyecto de ley de sustancia económica. Explica cómo esta normativa busca modernizar el sistema fiscal...
En 1998 fui invitado a Washington para participar en una conferencia internacional sobre la conducta de los consumidores y el aumento de los factores de riesgo de las enfermedades crónicas no transmisibles. Todos los oradores eran médicos y científicos que trataban de evitar con el relato de sus experiencias que las tabacaleras siguieran promoviendo sus productos. En aquellos tiempos, anteriores al PowerPoint y las técnicas de los TED Talks, los conferencistas mostraban diapositiva y filminas, y hubo una que me llamó poderosamente la atención sobre el personaje “Joe Camel” y su impacto en el marketing de cigarrillos dirigidos directamente a los niños.
Es increíble que las tabacaleras usaran la imagen de un camello para atraer potenciales clientes. Y eso despertó mi interés por el tema de la salud pública. Sabíamos que las tabacaleras gastaban fortunas de dinero en la comercialización de cigarrillos y que sus anuncios con el camello eran un elemento importante de su estrategia comercial. Nunca antes había comprendido tan bien sobre la forma insidiosa en que una industria se dirigía a niños o poblaciones vulnerables de países en desarrollo. Y en esa diapositiva del camello logré entender otra cosa: que los paralelismos del marketing de cigarrillos con la comercialización de alimentos procesados eran obvios.
Regresé de ese viaje convencido de que en Panamá teníamos que continuar con la prohibición de la publicidad utilizada por las tabacaleras. Y que también debíamos hacer algo contra los fabricantes de comida chatarra. Como comisionado de la CLICAC, tenía sobre mis hombros la responsabilidad de echar adelante una institución creada precisamente para defender los derechos del consumidor. Me las arreglé para incluir dentro de mis funciones este importante tema y con la venia de los otros dos comisionados, muy pronto quedé señalando y denunciando las formas en que la industria alimentaria afectaba la dieta y la salud de la población.
Gran parte de la ciencia de la nutrición en las últimas décadas se ha centrado en soluciones a problemas de desnutrición basadas en nutrientes, no en alimentos, y en nutrición de precisión destinada a abordar los problemas de salud específicos de las personas. Estas preocupaciones científicas son de gran interés, pero los tres problemas más importantes de nutrición en la salud pública (desnutrición, sobrealimentación y cambio climático) exigen un enfoque decididamente diferente, basado en los sistemas alimentarios.
Un sistema alimentario es todo lo que le sucede a un alimento desde el momento en que se produce hasta el momento en que se consume, un proceso que implica el transporte, el almacenamiento, la venta al por menor, la cocción, el consumo y, finalmente, el desperdicio de alimentos. En esta columna he escrito en innumerables ocasiones acerca del desastre que existe en los actuales sistemas alimentarios. La comunidad en general, y en especial los funcionarios y productores, a menudo carecen de conocimiento y exposición a temas de enorme interés internacional, por ejemplo, los Objetivos de Desarrollo Sostenible, cada uno de los cuales involucra a la nutrición como un componente clave.
En las publicaciones de mis artículos, blogs y entrevistas en diversos medios, he explicado por más de un cuarto de siglo sobre la necesidad de utilizar un enfoque institucional para resolver los problemas relacionados con los sistemas alimentarios. Igualmente, he sido enfático en la urgencia de promover los beneficios para la salud y el medio ambiente de las dietas basadas en plantas, frutas y vegetales.
Hace unos meses leí un documento publicado en The Lancet (https://www.thelancet.com/series/commercial-determinants-health?dgcid=raven_jbs_etoc_feature_lancetcdoh23&lctg=83470841), el cual destacaba los componentes industriales y comerciales de la obesidad, instando a las autoridades a promover políticas alimentarias y nutricionales que sirvan para prevenir la desnutrición, reducir la obesidad y disminuir el impacto de la producción y el consumo de alimentos procesados en el cambio climático. Esta publicación reconoce explícitamente los imperativos económicos de la industria de alimentos como las principales barreras para mejorar las dietas y promover la salud de la población, y recomienda acciones concretas para frenar sus malas prácticas de comercialización.
En este contexto, siento que mis columnas aquí en La Estrella de Panamá, mi blog de lifebelendes.net y las diversas entrevistas que damos a los diferentes medios, siguen teniendo relevancia para reiterar la necesidad de reconocer la responsabilidad de la industria alimentaria en la actual crisis de enfermedades crónicas no transmisibles y para fomentar el debate que permita crear sistemas alimentarios sostenibles, todos aspectos claves para resolver los problemas actuales de salud pública y nutrición.