• 29/01/2021 00:00

Pedro Correa Vásquez o los clavos del tiempo

“Los clavos del tiempo, herrumbrosos ya, deben ser extraídos y permitir que las tapias sean levantadas para conocer la obra más importante de Pedro Correa Vásquez”

Este enero se han cumplido 25 años de la atroz muerte de Pedro Correa Vásquez. Poeta, crítico literario, traductor y maestro. Injustamente olvidado por la academia, sus discípulos y colegas, quienes, en una justa por volverlo anónimo, han ido clavando tapia tras tapia sobre su voz escrita; conocedores, por demás, de que, junto a Roque Javier Laurenza, se trató del estudioso más inteligente que ha dado la literatura panameña.

Lo conocí en 1974 en el edificio “viejo” de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá. La cubierta de La metamorfosis que leía yo entonces, lo atrajo a inquirirme sobre Kafka y sobre literatura. Él estudiaba Química, yo Comunicación Social. Descubrimos que, a parte de la literatura, nos interesaba la escritura y sin que nos conociéramos más, dispuso que iniciáramos un taller literario. ¿Quién lo dirigiría? Él, Pedro. Y así, junto a Moisés Pascual, Bélgica Quirós Winemiller, Víctor Manuel Rodríguez y alguien más nos reunimos durante más de un año, sábado tras sábado, para leer y discutir nuestros balbuceantes textos.

Pese a sus 19 años, ya era un maestro. Había publicado Punto crisis, con un envidiado prólogo de Chuchú Martínez; cerraba, también, el recién editado Itinerario de la poesía en Panamá de Rodrigo Miró y había ganado el Premio Universidad con Decálogo carnal. Poemario este que hasta Domplín se atrevió a criticar por alguna alusión a Dios, que tanto disgustó al comentarista radial. Ante esto Pedro reía y era feliz, porque tenía una idea clara de la poesía, de la literatura panameña y del trabajo que él estaba llamado a hacer. Ya entonces, Octavio Paz era su faro.

En 1975 nuevamente obtuvo el Premio Universidad, esta vez en Poesía y Cuento. Encarnaba el referente de la joven literatura panameña y alternaba con suficiencia con los poetas y escritores más prestigiosos nuestros. A finales de ese año, viajó a la Unión Soviética, supuestamente para cultivarse en la ciencia de Mendeléyev. A penas tuvo dominio del ruso, logró deshacerse del compromiso científico y abrazó lo suyo, los estudios filológicos y literarios de la mano de Pushkin.

Mantuve correspondencia con Pedro durante toda su ausencia. Conocí sus preocupaciones y afanes con relación al rescate de algunos poetas panameños que él consideraba injustamente valorados, a la literatura panameña en general y a su propia obra poética. Al regresar a Panamá, insistió en sus talleres literarios y a preparar, con el mayor desprendimiento intelectual, a una escogida lista de nuevos poetas, entre los que destacó Gustavo Batista, muerto también prematuramente. A Pedro se debe que, en 1992, el Instituto Nacional de Cultura instituyera el «Premio Gustavo Batista Cedeño» de poesía joven.

En su aspiración por convertirse en un verdadero maestro de letras, una vez en Panamá, se inscribió y terminó con honores la carrera de Español, con lo cual pudo impartir desde la cátedra universitaria su amplísimo conocimiento de nuestra lengua y literatura. Nadie mejor preparado que él. Todavía nadie.

El premio Ricardo Miró lo obtuvo dos veces, en 1982 con el poemario Plagio y en 1993 con La canción del pordiosero. Durante sus últimos años editó dos revistas literarias: El Banquete y Littera. Estos fueron proyectos a los que dedicó pasión y tiempo y eran trabajos más caros para él que su propia poesía, que era su ego y su personal forma de conectarse con la gente a la que él estimaba. La crítica literaria fue su profesión. Supo que tenía que escribir el estudio que ordenara y dimensionara nuestra literatura en el ámbito continental y que diera conclusión a lo que Rodrigo Miró había bocetado. Pedro tenía el interés, la preparación y el talento para hacerlo y en eso estaba antes del fin.

No he sabido que alguien haya intentado rescatar su obra inédita, la cual debe ser, si no abundante, sí sustanciosa y que requerimos conocer. La academia tiene el deber de sacar la obra de Pedro a la luz y ponerla en su merecido sitial.

Pedro pensó secretamente que tenía un albacea. (Todos lo tenemos, la mayoría de las veces somos nosotros mismos.) Ese albacea, he supuesto, debió ser un poeta. Ese poeta ha permanecido callado durante todo este cuarto de siglo que ha ensombrecido a las letras panameñas. ¿Cuántos libros le conoció este nuevo Max Brod a Pedro? «¡Échalos al fuego!» ¿Le habrá susurrado eso Pedro y aquel renacido Salieri, obedientemente así lo hizo? Los clavos del tiempo, herrumbrosos ya, deben ser extraídos y permitir que las tapias sean levantadas para conocer la obra más importante de Pedro Correa Vásquez.

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