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La verdadera batalla del siglo XXI no se libra con misiles. Se libra con palabras diseñadas. Y nosotros, los panameños, seguimos siendo personajes en historias que otros escriben.
“En el principio era el Verbo”. Juan 1:1. Lo leemos como teología, pero es política pura. Antes de la materia, antes del acto, está la palabra. El que nombra, crea. El que cuenta la historia, decide qué es real.
Llevo semanas pensando en esto mientras veo las noticias del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. Misiles van, misiles vienen. Ormuz cerrado. Petróleo por las nubes. Pero lo que más me inquieta no son las explosiones. Es el libreto. Cada bando tiene el suyo, perfectamente armado, y todos suenan igual de convincentes si uno no se detiene a pensar quién habla y para qué.
Washington dice “seguridad global”. Tel Aviv dice “supervivencia”. Teherán dice “agresión imperialista”. Ninguno miente del todo. Ninguno dice toda la verdad. Lo que hacen es encuadrar. Poner el marco. Decidir desde qué ángulo vamos a mirar la foto. Y el ángulo lo es todo, porque determina qué vemos y qué queda fuera del cuadro. La guerra empezó en febrero, dicen. Yo creo que empezó antes. Empezó cuando ciertos discursos se repitieron lo suficiente como para volverse sentido común. Cuando “Irán” y “amenaza nuclear” se soldaron en una sola frase que ya nadie cuestiona. Cuando el ataque dejó de ser opción y se convirtió en inevitabilidad. La bomba vino después. El relato vino primero.
¿Y nosotros qué? Panamá queda lejos del Golfo Pérsico, pero no tan lejos como quisiéramos creer. Somos país de tránsito, dicen. País canal. País puente. Lo hemos repetido tanto que ya ni lo cuestionamos. Es nuestra narrativa fundacional: no somos el destino, somos el camino. No somos el centro, somos la vía por donde pasan los que sí importan. Esa historia nos ha servido, no lo niego. Hay plata en ser puente. Hay relevancia en tener el Canal. Pero también hay trampa. Porque cuando te defines por una función, terminas existiendo solo mientras eres útil. Y el día que otro puente aparezca, o que el Canal deje de convenir ¿qué queda? ¿Quiénes somos cuando no estamos sirviendo?
Hace poco Trump volvió a hablar de “recuperar” el Canal. No lo va a invadir, eso está claro. Pero no necesita hacerlo. Lo que está haciendo es más sutil y más peligroso: está sembrando un relato. Está diciendo, para quien quiera oír, que el Canal nunca dejó de ser estadounidense, que nosotros somos administradores temporales, que si China mete la nariz hay que actuar. Si esa historia se repite lo suficiente, si encuentra eco en suficientes informes y editoriales, un día dejará de ser amenaza y será sentido común. Así funciona esto.
El problema es que nosotros solo reaccionamos. Emitimos comunicados, nos indignamos en Twitter, y seguimos adelante. Pero reaccionar es llegar tarde. Es aceptar que otro puso las reglas del juego. La verdadera soberanía hoy no es militar ni económica. Es narrativa. Es la capacidad de contar tu propia historia antes de que te la cuenten.
Pienso en eso del panameño que “resuelve”. Nos lo dicen como elogio y lo aceptamos como identidad. Somos creativos, adaptables, encontramos la vuelta. Todo cierto. Pero resolver es improvisar. Y el que improvisa sobrevive hoy pero rara vez construye mañana. Mientras sigamos resolviendo en lugar de planificar, seguiremos siendo extras en películas ajenas.
Vuelvo al Génesis porque no lo puedo soltar. Dice que Dios sopló aliento de vida en el hombre y el hombre se volvió ser viviente. Pero ese aliento no era solo aire. Era conciencia. Era la capacidad de nombrar las cosas, de darles sentido, de contar la propia historia. Sin ese aliento, el hombre sería cuerpo sin voz. Existiría, pero no significaría nada.
Los países son igual. Podemos tener PIB, bandera, asiento en la ONU. Pero si no tenemos relato propio, somos territorio sin voz. Cuerpo sin aliento. Existimos, sí. Pero no significamos. La batalla del siglo XXI no será solo por petróleo o rutas comerciales. Será por el sentido, por el poder y el derecho a decidir qué y en favor de quien significan las cosas. En el principio era el Verbo, dice Juan. Y en el final, también. La pregunta es quién lo pronuncia. Hasta ahora, no hemos sido nosotros.