• 14/10/2018 02:00

Un viaje canadiense aleccionador

Toda comparación es odiosa si consiste únicamente en criticar la cosa odiosamente comparada, sin darle más importancia a las posibles lecciones

Toda comparación es odiosa si consiste únicamente en criticar la cosa odiosamente comparada, sin darle más importancia a las posibles lecciones positivas que esta pueda impartir.

También existen ciertas otras analogías o semejanzas, entre dos objetos comparados, que pueden fusionarse en una ‘metáfora', dando lugar a una simetría de relaciones, poéticas o de condensación simbólica, tan común en obras literarias como la poesía.

Pero es a la primera equiparación a la que aludo en este escrito que trata sobre las diferencias que saltan a la vista cuando se viaja turísticamente de un país tercermundista como Panamá a uno eficiente y bien organizado como Canadá.

Un reciente viaje a ese país puso de manifiesto cómo los canadienses han integrado todos los componentes variados y fragmentados del turismo para enriquecer su oferta y dar al visitante una experiencia altamente satisfactoria.

Por ejemplo, al llegar a un aeropuerto canadiense (Montreal en mi caso), el viajero se siente bienvenido y seguro, porque el proceso migratorio se hace directamente en uno de los múltiples quioscos computarizados provistos para tal fin, sin necesidad de recurrir a un agente migratorio, que ni examina ni estampa el pasaporte. Los trámites de aduanas también son rápidos y eficientes. Ya afuera existe una red de transporte confiable y muy variado (buses, trenes, metro, taxis), con su gama de precios anunciados claramente. Además, toda la infraestructura del aeropuerto está bien diseñada, es amplia y limpia.

Se hace evidente que existe una planificación turística de largo plazo y constante que involucra al sector privado, a la comunidad y al Gobierno, pues igual sucedió cuando tomamos el autobús de Montreal a Québec; el avión de Québec a Toronto y el tren de Toronto a Montreal, sin esa actitud mezquina de nuestro ‘juegavivo' o la ingrata respuesta ‘ese no es mi problema', tan típicamente panameña.

Los valores y buenas normas culturales canadienses resaltan al caminar o transitar por sus poblados y ciudades, por grandes o pequeñas que sean, porque existe una nomenclatura de calles y numeración de casas y edificios bien señalizadas, con anchas y pulcras aceras, numerosas luminarias, múltiples cruces peatonales, todo lo necesario para la fácil ubicación y comodidad del ciudadano y visitante.

Grandes áreas verdes forman parte integral de estas poblaciones, a pesar de las inclemencias del clima, y su oferta cultural es rica y diversa, muy respetuosa de su historia y de los grupos étnicos que la componen, pues los canadienses son conscientes no solo del medio ambiente, su historia centenaria y sus orígenes, sino del valor que todo esto representa como atractivo turístico.

La integración de todas estas facetas del turismo, con su mezcla de servicios socioculturales, tan diversos y complejos, como la gastronomía o artesanía, unidos a ese otro conjunto de actividades recreativas y de operadores turísticos, se ha definido en Canadá como un asunto de distribución eficiente, de consumo turístico y como una industria cultural, parte de la economía de servicios.

Ojalá la Autoridad de Turismo panameña tome nota.

EXDIPLOMÁTICO

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