Temas Especiales

23 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

¿Y el futuro de Rubén?

C oincidimos en la pequeña Fonda de David, rústica, típica. Yo había encargado de desayuno dos tortillas y dos huevos fritos... eran ya ...

C oincidimos en la pequeña Fonda de David, rústica, típica. Yo había encargado de desayuno dos tortillas y dos huevos fritos... eran ya pasadas las nueve. El venía, somnoliento; ¡vacaciones veraniegas! Él recién llegaba, trepado sobre su metro y treinta y cinco centímetros; traía un grupito de monedas que acariciaba con más esperanza que realismo en su mano izquierda. —’¿Cuánto valen las hojaldras?’ - Preguntó con timidez a la encargada. Ella no lo miró siquiera: —’Hojaldras no hay, solo tortillas’. —El niño contó una vez más sus reales sueltos, cabían y sobraba espacio entre sus dedos. Frunció el ceño, con desesperanza. La tortilla duplicaba nominalmente a la hojaldre. Sentí que no quería aceptarlo ni tampoco a su capital. Mi corazón se llenó de alegría repentina, ‘dar algo, tan poco, que alegre tanto’, me dije. Ordené en voz alta: —’Agregue dos tortillas, dos huevos fritos y un juguito de frutas mixtas, para él’. —El chico se llenó de luz en su carita cobriza, la de sus ancestros, los dueños de la Panamá originaria. Mi felicidad interior, creo, era más intensa que la de él.

—’Siéntate y espera por lo tuyo’, le dije con mi sonrisa más afable. Con nueva energía, pero sin mayor demostración, el infante, rondando pubertad, quedó a mi lado, en silencio, disimulando su satisfacción. Miré sus ojos, envueltos en esa aura que no avizora ninguna novedad importante de vida; solo más de lo mismo, la heredad de sus abuelos y sus padres.

—’¿Cómo te llamas?’—. Quise iniciar un diálogo sencillo. —’Rubén’. —Me contestó a secas, pero con cierta amistad intempestiva. —’¿Tu apellido?’. —’Santos’. —Agregó. —’¿De dónde eres?’. —’De Tolé’. —’¿A qué nivel escolar pasaste ahora?’. —’Al primer año’. Sus ojos estaban cambiando, a favor.

Las tortillas y su compañía le llegaron a una cuarta de su boca, y preferí dejarlo saborear sin más interrogatorio.

Me despedí de Rubén. El me había entregado cinco veces más, que lo que yo pude dejarle. Al fin y al cabo aquél desayuno era muy sencillo para alegrarme por su valor intrínseco. Mi corazón estaba de fiesta más bien por la orquesta que las papilas gustativas y los líquidos digestivos del niño formarían en su estómago.

Mientras me alejaba, recordé mi infancia, en las calles de mi pueblo, Santiago. Si bien nunca mis padres promovieron orfandades alimentarias en mi niñez, si recordé algunas veces que las monedas en mis manos no respondían a mis expectativas. Por ejemplo, cuando en la Farmacia Gloria, de don Luis Vargas, de la cual era asiduo visitante, en búsqueda de letras oportunas a mi edad y tiempo, y un poquito más; las monedas entre mis manos, como le ocurrió a Rubén, no se correspondían con el artículo de mis aspiraciones.

En varios casos, por mis diez años, al encontrarme con novedades como el suplemento mensual ‘Pif Paf’, esos suplementos mensuales, contenían historietas cómicas extensas, con aventuras de Mandrake, con el musculoso Lotario, y la sensual Narda. Me ocurría que las monedas entre mis dedos, ganadas en asistencias a los párrocos, en bautizos o matrimonios, y eventualmente hurtadas familiarmente de los bolsillos secretos de mi padre, mientras dormía alguna siesta breve, no eran consecuentes con mis aspiraciones. El especial era muy caro. Cincuenta centavos equivaldría hoy a unos cinco dólares, muy alto para mi niño.

Las preguntas que no hice a Rubén, se me vinieron entonces como una visión: —’¿Qué quisieras ser de adulto?’. —Imaginé su respuesta, amplia: —’Tal vez, un médico, o quizás un abogado. Pero podría ser, de tener las facilidades de estudio, un veterinario’. —’Pero, no solo eso, probablemente un ingeniero en sistemas, tan destacado, que luego de un tiempo, me contrataría la NASA; y llegaría más tarde a ser un panameño de fama mundial, como el Doctor Adán Ríos. Ese médico, si bien no es tan cobrizo como yo, tampoco es muy blanco, y según dicen, muchas veces de niño no tenía las monedas necesarias para comprar lo que quería’.

Me fui en pensamientos, viajando lejos, diciéndome, ‘¿cuánto hay a favor de Rubén y sus sueños?’... También en los pocos panameños que acaparan el 90% de las monedas y billetes, que no se llevarán hacia ningún banco extraterrestre, que no harán más felices a sus hijos y nietos. Y que solo un diezmo sencillo de esas arcas avariciosas, harían más felices y productivos a muchos Rubén y a la Patria.

ABOGADO Y MILITAR RETIRADO.