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28 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Luces y sombras del oficio de informar

Desde los tiempos de la antigua Roma cuando los emperadores no creían en la libertad de expresión y en las plazas y fuentes aparecían lo...

Desde los tiempos de la antigua Roma cuando los emperadores no creían en la libertad de expresión y en las plazas y fuentes aparecían los pasquines que proclamaban las noticias, los pueblos han sentido la necesidad de enterarse de lo que llevan a cabo quienes administran la cosa pública, que es de todos los ciudadanos.

El oficio de informar pasó por distintas etapas, monarquías absolutas, el terror revolucionario que mandó a la guillotina a hombres preclaros como Andrea Chénier, la dictaduras del siglo XX y las amenazas a la libertad de expresión que todavía existe en algunos países. Es peligrosa la profesión de periodista y prueba de ello son los homicidios que todavía se siguen perpetrando en lugares como México, Honduras y Rusia. En otros Estados se obliga a periodistas a marchar al exilio y en naciones consideradas democráticas se cierne sobre la cabeza de los informadores la prisión por calumnia e injuria. Las modernas tendencias señalan un camino más progresista y humano, que nadie sea privado de su libertad por ningún delito contra el honor y que en su lugar se apliquen sanciones pecuniarias. En Panamá esto no ha progresado y todavía por causas en que la persona ofendida es un particular o funcionario sin mando y jurisdicción, el victimario puede ser condenado a penas de prisión.

Creo que todos reconocemos que el ejercicio del periodismo entraña responsabilidad, equilibrio, seriedad y especialmente veracidad. En ese sentido, pero en otros ámbitos, es lo que deontológicamente debe inculcarse en cualquier profesión. Hay que enseñar normas de ética y de moral en cualquier profesión, para que el abogado sea realmente colaborador de la justicia, que el médico no haga una intervención quirúrgica innecesaria, que el arquitecto construya conforme a las normas legales sobre urbanismo y que en general, se trabaje con honradez y eficiencia.

Expuesto lo anterior, cabe mencionar que el periodismo requiere de otras cualidades y calidades. Debe ser didáctico, es decir, que procure educar a los lectores y no me refiero solo a la buena gramática empleada, sino a los valores y principios que rigen la convivencia en una sociedad. A veces uno tiene la impresión de que solo lo malo es lo que le gusta a los lectores, mientras que lo bueno aburre. Decía Chesterton que nadie ha escrito una historia de las parejas felices mientras que las de Abelardo y Eloísa, Enrique Octavo y las mujeres que enviaba a la Torre de Londres, Hitler y Eva Braun, Robert y Clara Schumann, han sido objeto de novelas y biografías por el contenido amoroso y al mismo tiempo trágico que envolvieron esos amores. Si es obligación del periodismo informar con la verdad, entonces habrá que decir lo bueno con el mismo entusiasmo que lo malo.

Creo que los periodistas tienen ejemplos de la nobleza del oficio y que son éstos los que deben emular. Me voy a conformar con uno, el de Emile Zola cuando puso a un lado sus quehaceres como novelista para escribirle al presidente de Francia su famoso ensayo titulado ‘Yo acuso’, en el cual se atrevió a defender a un militar francés que era judío de religión, injustamente acusado de un delito de traición a su patria. Ello le costó el exilio a Inglaterra y algunos sostienen que su muerte por asfixia, pero al final Dreyfus fue considerado inocente.

Ojalá que los periodistas panameños huyan del amarillismo, del soborno y de la corrupción en general. Un periodista no debe ser fiel nada más que a la verdad y al principio ético de honestidad y el día que sienta tentaciones, que recuerde cómo Guillermo Cano, el director del diario colombiano El Espectador, continuó denunciando a Pablo Escobar, no obstante las amenazas de que fue objeto y que para consternación de sus conciudadanos y de los amantes de la libertad de expresión en el mundo, se cumplieron fatalmente.

EXPRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.