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- 19/05/2026 13:07
El panorama sanitario internacional encendió las alarmas locales. El Ministerio de Salud Pública de la República Democrática del Congo (RDC) declaró oficialmente el brote número 17 de la enfermedad del Ébola en su territorio, una crisis que escaló rápidamente tras confirmarse la exportación de casos a Uganda. Ante este escenario, la Organización Mundial de la Salud (OMS) determinó que el brote de la variante Bundibugyo (BVD) constituye una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII).
En Panamá, la reacción de la comunidad científica no se hizo esperar. El doctor Xavier Sáez-Llorens, pediatra infectólogo e investigador clínico, urgió a las autoridades nacionales a tomar acciones drásticas debido a la posición geográfica y conectividad del país.
“Panamá debe aplicar restricción de pasajeros que han estado en Congo, Uganda y Sudán del Sur en últimas 3 semanas... esta variante del virus de Ebola es muy letal y no tiene vacuna”, sentenció Sáez-Llorens a través de sus canales digitales.
La preocupación sectorial se profundiza ante la proximidad de eventos de masa globales. La clasificación de la selección de fútbol de la República Democrática del Congo al Mundial de la FIFA 2026 añade un factor de riesgo de alta consideración epidemiológica para los países de la región y las terminales de tránsito.
A diferencia de virus respiratorios como la influenza, el sarampión o el covid-19, que poseen alta transmisibilidad antes de presentar síntomas, el Ébola se contagia únicamente cuando el portador manifiesta la enfermedad, requiriendo un contacto íntimo con fluidos corporales como saliva, sudor, orina, heces y sangre. No obstante, el peligro radica en su agresividad biológica.
“Cada vez más el riesgo de importar infecciones se amplifica (frecuente movilización aérea, marítima y terrestre; mayor población; cambio climático) y aumentan las posibilidades de brotes/epidemias/pandemias. En guerras avisadas, mueren menos combatientes...”, advirtió el especialista panameño.
Los datos de la OMS detallan que la alerta inicial se originó el 5 de mayo de 2026 en la zona minera de Mongbwalu, en la provincia de Ituri (RDC), documentándose el fallecimiento de cuatro trabajadores de la salud en un lapso de cuatro días debido a fallas en los protocolos de control de infecciones.
Hasta el 15 de mayo, el organismo internacional contabiliza un total de 246 casos sospechosos y 80 fallecimientos asociados a este brote. La demografía de la infección muestra que más del 60% de los afectados son mujeres, lo que refleja la alta exposición en las dinámicas de cuidado del hogar y prácticas funerarias comunitarias desprotegidas. La situación se agrava en el este de la RDC, una zona de conflicto armado que registra más de 273,000 desplazados internos en lo que va de 2026, lo que limita el rastreo de contactos y el despliegue de equipos médicos.
Por su parte, el Ministerio de Salud de Uganda confirmó la presencia del virus tras el fallecimiento en Kampala de un ciudadano congoleño infectado, sumado a un segundo caso importado el 16 de mayo, sin que se registre aún transmisión local comunitaria en suelo ugandés.
Sáez Llorens enfatizó que, en un escenario ideal, “cada puesto fronterizo debería contar con un local sanitario bien equipado, dónde se pueda recoger información epidemiológica y realizar pruebas diagnósticas moleculares rápidas”. El científico también lanzó una fuerte crítica a las corrientes de desinformación global.
“Las noticias falsas son las mejores aliadas de los virus letales. La desinformación contribuye a la infección, a la hospitalización y a la muerte. Tristemente, los habitualmente más afectados son los individuos pobres, desplazados y los que sucumben a las campañas fraudulentas de conspiración...”, remarcó.
El investigador cuestionó la política exterior de las potencias occidentales en materia de salud global. “Estados Unidos debe lamentar su desvinculación con la OMS y pedir perdón por el retiro de la ayuda económica en materia sanitaria a ese sufrido continente”, concluyó, haciendo un llamado a la solidaridad internacional para contener el brote en su origen geográfico.