Recepción de la Embajada de Estados Unidos reúne al poder político y empresarial de Panamá

  • 03/07/2026 12:24
La conmemoración de la independencia estadounidense reunió a los principales actores del poder nacional en un acto donde el protocolo también transmitió mensajes políticos

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En el Biomuseo, la noche del 2 de julio tuvo colores de bandera compartida. Rojo, blanco y azul en las luces, en los detalles, en los gestos protocolares y en esa coincidencia cromática que une, al menos desde lo visual, a Panamá y Estados Unidos. Afuera, la ciudad seguía su ritmo sobre la Calzada de Amador. Adentro, entre formas arquitectónicas, ambiente selvático y una escenografía pensada para impresionar, la Embajada de Estados Unidos en Panamá celebraba por adelantado los 250 años de independencia de la nación norteamericana, que oficialmente se conmemorarán este 4 de julio.

La recepción comenzó desde el lobby, donde los invitados eran recibidos entre saludos, cámaras, acreditaciones y ese murmullo elegante que antecede a los grandes actos diplomáticos. No era una convocatoria cualquiera. En pocos minutos, el lugar empezó a llenarse con una representación casi completa del poder panameño: ministros, magistrados, diputados, empresarios, diplomáticos, procuradores, directivos de medios, figuras políticas y miembros de la familia presidencial.

La recepción por los 250 años de la independencia de Estados Unidos reunió en el Biomuseo a autoridades de los tres órganos del Estado, empresarios y representantes del cuerpo diplomático acreditado en Panamá.

Estaban diputados de distintas bancadas y partidos: Panameñismo, Vamos, Realizando Metas. Algunos legisladores de RM se acercaron a saludar al presidente José Raúl Mulino, quien llegó acompañado de su familia. También estuvieron presentes la presidenta de la Corte Suprema de Justicia, María Cristina, y los magistrados, el procurador de la Nación, Luis Gómez, la procuradora de la Administración, Grettel Villalaz, el contralor, Anel ‘Bolo’ Flores, magistrados del Tribunal Electoral, representantes del cuerpo diplomático acreditado en Panamá y figuras del sector empresarial.

La recepción, una de las de mayor convocatoria que se recuerdan en el país, dejaba ver algo más que una celebración patria extranjera. Era, también, una fotografía del peso político, histórico y simbólico que Estados Unidos conserva en Panamá. Nadie lo decía en voz alta, pero la asistencia hablaba por sí sola. En un país cuya historia moderna está atravesada por la presencia estadounidense, cada gesto diplomático tiene una segunda lectura.

Los himnos nacionales de Panamá y Estados Unidos marcaron el inicio de una de las recepciones diplomáticas con mayor convocatoria del año en el país.

La maestra de ceremonia fue Ileana Pérez Burgos, quien condujo el acto con tono solemne. El Himno Nacional de Panamá fue interpretado por Idania Dowman, en uno de los momentos más protocolarios de la noche. Luego sonó el himno de Estados Unidos, interpretado por Sarah Dionne, sargento técnico de las Fuerzas Armadas.

El embajador, Kevin Marino Cabrera, tomó la palabra y, antes de entrar al tono celebratorio, pidió un minuto de silencio por las víctimas del terremoto en Venezuela. El gesto introdujo una pausa grave en medio de una noche festiva. Por unos segundos, el protocolo se detuvo y el salón guardó silencio.

Luego, Cabrera evocó los 250 años de la declaración de independencia estadounidense y defendió la idea de libertad como motor de desarrollo, innovación y poder nacional. Habló de ciudades levantadas, del avión, del internet, de la llegada a la Luna, de avances médicos y científicos, y de una visión de país que describió como más fuerte, más seguro y más próspero.

El embajador de Estados Unidos en Panamá, Kevin Marino Cabrera, afirmó que ambos países mantienen una relación “profunda, resiliente y mutuamente beneficiosa” durante su discurso conmemorativo.

Pero buena parte de su discurso estuvo dedicado a Panamá. Recordó que ambos países caminan juntos desde 1903 y describió la relación bilateral como profunda, resiliente y mutuamente beneficiosa. Mencionó la inversión estadounidense, el comercio, la participación panameña en SelectUSA, el acuerdo entre Copa y Boeing, la cooperación en seguridad y el cierre del Darién como uno de los resultados más concretos de la coordinación entre ambos gobiernos.

El embajador también destacó programas de asistencia humanitaria, atención médica y acceso a agua potable en escuelas del interior. En sus palabras, la relación entre Panamá y Estados Unidos no se limita a la diplomacia de salón: se expresa en inversión, frontera, salud, educación, seguridad y empleo.

El presidente José Raúl Mulino participó en la celebración y destacó que la relación entre Panamá y Estados Unidos debe sustentarse en el diálogo, la cooperación y el respeto a la soberanía nacional.

Después habló el presidente Mulino. Su discurso fue breve, pero cuidadosamente colocado en el terreno de la soberanía. Recordó que la celebración se hacía el 2 de julio, fecha en la que el Congreso Continental votó a favor de la independencia de Gran Bretaña, y subrayó el valor de los procesos independentistas como fuente de identidad política y emancipación.

Mulino reconoció que las historias de Panamá y Estados Unidos son distintas, pero que se han encontrado una y otra vez a lo largo del tiempo. Habló de la separación panameña de Colombia, de los Tratados Torrijos-Carter, de la transferencia del Canal del cual reafirmó su autonomía y resaltó que, avalado por el Tratado de Neutralidad, beneficia al comercio mundial.

Representantes del Ejecutivo, diputados, magistrados, empresarios, diplomáticos y directivos de medios coincidieron en una velada que reflejó la estrecha relación bilateral.

También destacó la necesidad de que la relación bilateral continúe guiada por el diálogo, la cooperación y el respeto a la soberanía nacional.

“Ambas naciones construimos una relación de amistad y cooperación en la que siempre debe prevalecer el diálogo y respeto por la soberanía nacional”, concluyó.

La frase no era menor. En una noche donde la presencia estadounidense era el centro simbólico del poder convocante, Mulino eligió recordar que la relación entre ambos territorios también exige límites, memoria y autonomía. Fue una manera diplomática de celebrar sin olvidar las tensiones históricas que han marcado esa relación.

Los colores rojo, blanco y azul dominaron la escenografía de la celebración, en una coincidencia que evocó las banderas de Panamá y Estados Unidos.

Mientras los discursos avanzaban, el salón reunía escenas propias de una crónica política: saludos calculados, conversaciones rápidas, fotografías inevitables y movimientos discretos entre grupos de poder. En un lado, empresarios conversaban con diplomáticos. En otro, autoridades del Ejecutivo coincidían con diputados. Más allá, representantes de medios panameños observaban una recepción que, por su magnitud, funcionaba también como termómetro de influencia.

Entre los asistentes también estuvo Mayer Mizrachi, acompañado por una nueva pareja, detalle que no pasó desapercibido en una noche donde la política, la diplomacia y la vida social se mezclaban con naturalidad.

El embajador Kevin Marino Cabrera y el presidente José Raúl Mulino destacaron los vínculos históricos entre ambos países durante la conmemoración en el Biomuseo.

La atmósfera selvática del Biomuseo aportaba un contraste particular. No era un salón frío ni una recepción convencional. La naturaleza, los colores y la arquitectura del lugar creaban una sensación de Panamá expuesta como escenario: tropical, estratégica, visible. En ese espacio, Estados Unidos celebraba su independencia rodeado de las principales figuras de un país que, por historia y geografía, nunca ha podido mirar hacia Washington con indiferencia.

La música cambió el tono de la noche. Omar Alfanno y Willie Chirino subieron al escenario y transformaron el protocolo en celebración. Las conversaciones se hicieron más ligeras, los invitados se acercaron al área musical y la solemnidad cedió paso al ambiente festivo.

Al final, los fuegos artificiales iluminaron el cielo sobre Amador. Fue un cierre calculado para dejar imagen: luces, aplausos, banderas, música y una recepción que confirmó el poder de convocatoria de la embajada estadounidense en Panamá.

Un espectáculo de fuegos artificiales cerró la recepción organizada por la Embajada de Estados Unidos para conmemorar el 250 aniversario de su independencia, que se celebrará oficialmente el 4 de julio.

La noche terminó como empezó: entre símbolos. Los colores de dos banderas, los discursos sobre independencia, las menciones a soberanía, la presencia casi total del poder panameño y una celebración extranjera asumida como evento central de la agenda nacional.

En el fondo, esa fue la escena más reveladora. Panamá acudió con solemnidad, respeto y amplia representación institucional a la fiesta de independencia de Estados Unidos. Lo hizo con cortesía diplomática, sí, pero también con la deferencia que solo despiertan los países cuya historia sigue pesando sobre el presente.

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