12 de Ago de 2022

  • Fernando Fontane

Columnistas

Un hijo amado

"El carácter de Juan el bautista, se había formado en la austeridad del desierto donde comía grillos y miel silvestre.."

Los inicios de la misión de Jesús en el Nuevo Testamento nos llevan a las riveras del Jordán donde se desarrollaba la actividad del bautista (cf. Mc. 1, 1-10). Cuatrocientos años hacían ya, que no se escuchaba en Israel la temeraria voz de los profetas reclamando la vuelta a Dios, de los corrompidos corazones idólatras, del Pueblo que había sido elegido entre los otros pueblos para guardar con fidelidad la Alianza. Este hecho explica, la creciente expectativa y admiración por la persona de Juan, el hijo concebido en la ancianidad de Ana y Zacarías, quien ya desde su nacimiento generaba el comentario de los vecinos porque la mano de Dios estaba con él (Cf. Lc. 1, 64-65). El carácter de Juan el bautista, se había formado en la austeridad del desierto donde comía grillos y miel silvestre, vestía con pieles de camello y poseía una predicación fuerte que señalaba la inminente necesidad de la conversión: ‘hipócritas, raza de víboras… el hacha está puesta a la raíz y el árbol que no de fruto será cortado y arrojado al fuego’ (Cf. Lc. 3, 7ss). De todas partes, pero sobre todo entre la gente sencilla, llegaban con humildad para ser bautizados por Juan: adúlteros, prostitutas, ladrones de impuestos, militares, hombres y mujeres cargados de heridas, de infelicidad, con hambre y sed de reconciliación. Bajar a las aguas para recibir el bautismo (del griego baptizein = sepultar), significa la exhibición de uno de los secretos que todos pensamos, mejor guardados: el hecho de que somos pecadores. Ciertamente, aquellos como nosotros hoy, vivimos en una sociedad que para todo encuentra con facilidad culpa en los otros (los que gobiernan, en el cónyuge, en los hijos, en los padres, en los jefes, en los empleados y hasta en Dios). Meterse en aquella fila para dejarse bautizar por Juan significaba decir yo fui, yo lo hice, yo erré el camino y rechazo esa vida para empezar una nueva. Lo realmente sorprendente es que a aquel lugar, e ignorando el dicho popular de dime con quién andas y te diré quién eres, llegue también Jesús a mezclarse entre los pecadores. ‘El que no tenía pecado, se hizo pecado por nosotros’ (Cf. 2Cor 5,21) reflexionaría San Pablo años más tarde. La inocencia de Jesús, conocida interiormente por Juan, suscita la protesta del bautista ‘soy yo, el que debe ser bautizado por ti’, a lo que el Señor responde: ‘hazlo así, conviene que cumplamos toda justicia’. Las narraciones de los cuatro evangelios coinciden en que al salir Jesús del agua, ‘los cielos se abrieron y se escuchó la voz del Padre decir: este es mi hijo amado en quien tengo mis complacencias’.

Para cada cristiano, el bautismo da la certeza de ser hijo amado del Padre y comporta la responsabilidad de sentirse hermano de los demás. Las solidaridad debe ser el primer elemento en una sociedad fraterna, compartir con los demás sus alegrías y tristezas, sus esperanzas y desilusiones y matricularnos juntos a un proyecto común de convivencia pacífica, de justicia social y de bienestar común. Siendo realmente hermano de los otros, llego a descubrir que también yo soy un hijo amado. ¡Feliz domingo para todos!

SACERDOTE