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10 de Apr de 2021

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Rafael Carles

Columnistas

Fiesta de la esperanza

La celebración de la Navidad conlleva un mensaje universal que alcanza tanto a los creyentes como a los no creyentes

La celebración de la Navidad conlleva un mensaje universal que alcanza tanto a los creyentes como a los no creyentes. Tenemos que partir de la base de que estamos en una cultura cristiana, y por lo tanto, una fiesta que tiene un contenido profundamente religioso, como es la Navidad, ha pasado del ámbito de la fe al de la vida y la cultura.

La Navidad es una fiesta cristiana que conmemora que Dios se hizo hombre. Es el hecho central de la fe cristiana. Es más: es el origen del cristianismo. La originalidad de la religión cristiana consiste justamente en esto, en que Dios, trascendiendo el ámbito de su Divinidad, se encarnó y se metió en el mundo de los hombres. Cuando los cristianos tenemos que explicar esto, decimos que la Encarnación es una manifestación del infinito amor de Dios, que quiso tomar Él la iniciativa y venir a mostrar un camino de salvación compartiendo absolutamente todo lo humano.

Para los cristianos es una fiesta de esperanza. ¿Por qué? Porque ese Dios que vino dijo que volverá. Volverá para que podamos nosotros vivir junto a Él en la vida eterna. Por eso los cristianos, esperando encontrarnos un día con Dios, vivimos la vida no como una evasión sino de manera comprometida, intentando plasmar ya aquí en la Tierra lo que será ese mundo donde solo reinarán la paz, la justicia y el amor. Así, fundamentados en lo que Dios nos ha dicho cuando se encarnó, esperamos con profunda convicción encontrarnos con Él en la eternidad.

La cultura actual, pragmática, eficientista, a veces materialista hasta el extremo, reduce casi a un mínimo el nivel de esperanza de los hombres. Cuando el horizonte de nuestra vida llega nada más que al día siguiente, o se expresa en la sola posibilidad de comprar un teléfono móvil, cambiar un auto o mejorar un poco la vivienda, esas esperanzas tan cortitas no nos permiten vivir una vida plena.

Entonces, ¿qué es lo que nos ayuda a vivir intensamente? Tener motivaciones hondas, profundas y querer alcanzar metas. Por eso la esperanza está siempre proporcionada a la dimensión de trascendencia que le demos a la vida. Para los cristianos, la Navidad es una fiesta de esperanza, porque nos está diciendo que la vida de los hombres no termina con la muerte sino que tiene un grado de trascendencia tan grande que llega a la eternidad. El cristianismo nos afirma que estamos llamados a perpetuarnos eternamente junto a Dios en el cielo. Y esa esperanza es, sin lugar a dudas, motivadora: ayuda a caminar, ayuda a vivir, es todo lo contrario de la resignación.

Justamente porque la Navidad como fiesta ha trascendido la dimensión religiosa y se ha metido en nuestra cultura, creo que también desde el ángulo de la esperanza esta celebración tiene un mensaje para los no cristianos. Para aquellos que no creen en Jesucristo, la dimensión cultural de la Navidad puede hacerles recordar la necesidad que todos tenemos de cifrar esperanzas en algo que esté más allá del horizonte cotidiano. En algún tiempo había quienes ponían esa esperanza en ciertas utopías. Si bien no estamos ahora en tiempos de utopías, por lo menos sería fundamental que todos pudiéramos tener ideales que trasciendan el diarismo.

Por ejemplo, siempre podremos trabajar por una mayor justicia y solidaridad, siempre podremos mejorar el grado de convivencia con los que rodean nuestras vidas, siempre podremos ocuparnos más de los desamparados y necesitados. Esta sociedad, que genera tanto confort como miseria, siempre nos brindará oportunidades para intensificar esas dimensiones de generosidad, entrega, espíritu de sacrificio que todos tenemos en lo más profundo de nuestro corazón.

Por eso, así como a los cristianos la Navidad nos invita a caminar en la esperanza brindándonos con más intenso amor a los demás, sería muy bueno que también esta fiesta pueda ser aceptada por quienes no creen, como un llamado a incentivar todas aquellas motivaciones que nos hacen vivir con más esperanza.

Que el Espíritu de la verdad, que anima el corazón de todos los hombres de buena voluntad, nos enseñe a ser más justos y solidarios para que podamos alentarnos unos a otros en la esperanza. Ojalá esta Navidad sea el comienzo de algún cambio positivo para todos, y que la paz que trajo el Hijo de Dios al mundo llene nuestros corazones y nuestros contextos de vida.

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