• 13/04/2026 11:52

Cien años de un legado de amor: ¡Bravo, Bella! ¡Bravo, Manolo!

En el calendario de la vida hay fechas que no pertenecen solo al tiempo, sino a la eternidad del alma. Hoy, al cumplirse el centenario del nacimiento de nuestros padres, Bella Teresa de Jesús Guerra González de Barberena y Manuel Ernesto Barberena Rodríguez, nos detenemos para rendir tributo a dos seres cuya existencia fue el cimiento de nuestro mundo y el ejemplo más claro de lo que significa construir una familia con honor.

La historia comenzó en Chiriquí, poco después de que “Manolo”, como siempre le llamó nuestra madre, llegara con sus raíces nicaragüenses a cuestas. Él era un hombre de valores sólidos, de una honestidad inquebrantable y una capacidad de trabajo que no conocía el cansancio. A su lado, Bella Teresa, una guerrera nata nacida en Dolega un día de Santa Teresa de Jesús. Hija de Victoria y José Isabel, y de herencia española, nuestra madre era el equilibrio perfecto: una maga que transformaba telas en vestidos impecables y que endulzaba la vida con una repostería que solo sus manos podían crear.

Juntos formaron un hogar donde la fragilidad no tenía cabida; ante la adversidad, se levantaban como protectores incansables. Nuestra infancia fue un tapiz maravilloso de culturas y tradiciones. Crecimos entre la fe de las procesiones, el aroma de las pepitas cocinadas y las cocadas, pero también bajo la influencia de la escuela norteamericana, donde aprendimos el valor de un segundo idioma y la importancia de la formación académica.

En nuestra mesa convivían el pernil y los turrones con los Christmas Carols y el Halloween; una dualidad que nos abrió el mundo, pero que siempre mantuvo nuestros pies firmes en la tierra que nos vio nacer. Nuestro padre, además, se encargó de que su tierra estuviera siempre presente: nos enseñó a amar el sabor de los nacatamales, el aroma del pinolillo y ese buen picante jalapeño acompañando el arroz blanco.

Recordamos con especial ternura aquellas tardes en el balcón. En una ocasión, nuestro padre, con esa sencillez de quien no busca honores y solo sabe de entrega, comentó que sentía no haber hecho mucho, que hubiese querido lograr más. La respuesta fue inmediata y brotó del corazón: “Padre, su sangre lleva un linaje extraordinario: india, israelí, italiana, inglesa, alemana y peruana... ¿Qué más puede pedir un hombre bueno que haber sembrado semejante herencia?”. Mientras tanto, nuestra madre escuchaba en silencio, y cuando hablaba, su sabiduría y su naturaleza bravía sentenciaban con la fuerza de la verdad.

Hoy, la semilla que plantaron ha florecido en cuatro generaciones que llevan con orgullo su apellido y sus valores. No fueron tiempos fáciles, pero ellos supieron llevar siempre el barco a buen puerto.

En este centenario de su nacimiento, no hay tristeza, solo una gratitud inmensa y un orgullo que nos llena el pecho. Por su entrega, por su valor y por el amor infinito que nos dieron, hoy los recordamos y les brindamos el reconocimiento que merecen.

Con el corazón lleno de recuerdos, nos ponemos de pie para decirles: ¡Bravo, Bella! ¡Bravo, Manolo! Sus voces y su luz siguen guiando nuestras vidas.

* La autora es profesora Especial I con Doctorado en Historia, Teoría y Crítica de Arte, Facultad de Bellas Artes, Universidad de Panamá.
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